Te vi crecer.
Te vi, en tu inicio escolar con tu delantal a cuadritos y tu bolsita, entrando a la escuela.
Te agarrabas fuertemente a la mano de tu mamá. Tus ojitos claros, muy grandes y curiosos miraban todo lo que te rodeaba tan nuevo para tí, en ese primer desprendimiento.
Te vi cursando primer año cuando tu mirada reflejaba el desconcierto porque las letras y los números bailaban a tu alrededor y no lograbas descifrarlos.
Entonces te llevé conmigo a mirar ese mundo, pero desde otra perspectiva, y entonces pudiste entender.
Tus ojitos azules (como los de la princesita de la leyenda que tanto te gustaba) se tornaron luminosos porque podías leer, podías escribir y mucho más.
Eras un niño ¡tan bueno!,¡tan dulce y agradecido! Tú avanzabas y yo estaba a tu lado, acompañándote.
No sé en qué momento solté tu mano y seguiste solo. Habías crecido.
La vida nos fue llevando a lugares diferentes y mientras, el tiempo pasó.
Un día te volví a ver, adolescente. Me reconociste, recordaste mi nombre y me saludaste con cariño. Todavía estaba en tus ojos la llamita que los iluminaba, más apagada, quizás, pero estaba.
Te encontré muchas veces más, siempre cerca del lugar donde yo entonces trabajaba.
Un día me pediste una moneda y me dolió no ver más, claridad en tu mirada.
Después ya no me veías, mirabas a lo lejos sin ver nada, sin horizonte, sin esperanza.
Todos te fuimos soltando la mano y te quedaste solo para enfrentar una realidad que a diario te lastimaba. Te fuimos robando la luz de tus ojos.
Así te vi hoy, en esta tarde de otoño, fría y gris: con las manos a la espalda, esposado, vencido.
Perdiste.
