Conocí a Luis en el último tramo de la resistencia a la oscuridad que nos habían querido imponer. Y allí fue una luz más, mezcla de poesía y solidaridad; un creador que pulía con dedicación de orfebre las palabras.
Recuerdo una calurosa tarde, ya recuperada la democracia, en el Café Sorocabana, en Durazno, aquella charla sobre la creación literaria y otras yerbas, regada con grapa con limón.
Por ahí anda una grabación de la misma que algún día habrá que transcribir y compartir, pero que llevo impresa en mi corazón desde entonces.
Luis Ramón Igarzábal traía siempre la frescura del campo y el murmullo de los ríos y arroyos que fue cruzando en su peregrinar por el sur de esta América tan nuestra y diversa.
Todavía hay mucha poesía de Luis desparramada por ahí, aquella que nos llegaba en fotocopias y camuflada entre collages, que nos enviaba desde Argentina eludiendo la requisa y la censura.
Capaz de dar música a elementos simples de la vida cotidiana con aquellos maravillosos adjetivos, como en este caso:
“luna amarillenta
color de polenta
la cara redonda
la nariz con pecas
te saco la lengua
y no te das cuenta
te digo mentiras
te pones contenta,
me quedo dormido
y tú me conversas…”
La luna y nosotros (de Tierra labrantía, 1992)
Luis cruzó entre nosotros con su bonhomía y su sabiduría de monje de la vieja estética, esa que no muta y no muere porque está directamente anclada en el alma universal de la especie.
Poesía, canciones, reflexiones, un universo hecho a la medida de su genio que nos contagiaba las ganas de aprender, de sentir y de vivir.

Luis Ramón es un hijo dilecto de los corazones de quienes supimos de largas trasnochadas con vino y versos, alimento de quienes no nos rendimos ante la realidad y la convertimos en cosas amigables y empáticas como acertada estrategia de supervivencia.
Algún día se estudiará su obra con el rigor que la misma exige, pero por ahora, leerlo siempre es una experiencia removedora, a caballo entre el disfrute y el recuerdo.
