Dice la sicología que el duelo es un proceso natural y doloroso de adaptación a la pérdida y como todo proceso tiene etapas.
Sin querer entrar en un campo ajeno, creo que yo, después del shock, estoy en plena fase de negación.
No puedo aceptar la pérdida de la plaza Rodó. No he podido pasar por allí luego que comenzaron a derribarla. Por lo tanto en mi alma sigue en pie, como siempre.
Están las bellas grevilleas con su anaranjado florecer de primavera, con aves y abejas merodeándolas, golosamente.
Está el frondoso Ibirapitá luciendo orgullosamente el título de “árbol de la poesía”, trayendo a mi mente una frase: “el hombre sordo a la voz de la poesía es un bárbaro”.
Están las esbeltas palmeras anidando gorriones, zorzales, palomas, carpinteros y tantos pájaros más, en una alegría bullanguera interminable.
Las románticas escalinatas flanqueadas de grandes macetones llevan a los viejos bancos de madera, refugio de parejas de antaño.
Están mis domingos de niñez en la casa de mis abuelos, cuando por la tarde nos llevaban a las gurisas y gurises de la familia a jugar allí.
Escondidas, Manchas y Antones Piruleros quedaron guardados ahí, entre la fresca fronda.
Un busto daba el nombre a la plaza. El de aquel escritor que decía: “la juventud que vivís es una fuerza de cuya aplicación sois los obreros y un tesoro de cuya inversión sois responsables”
Esa cita, es pilar del “arielismo”, corriente que promueve el idealismo, la cultura y la elevación moral frente al utilitarismo materialista. Muy significativo en este momento.
Es cierto, a lo largo de los años la plaza fue cambiando. Allí en su niñez jugaron campeonatos de fútbol nuestros hijos, porque allí estuvo el primer estadio de baby fútbol.
Luego vino entre macizos de flores la estela recordatoria a la Madre Teresa de Calcuta, cuya voz nos decía:” a veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si faltara esa gota”
Plaza Rodó: la de las carretas, la vecina de la estación de trenes, la de la primera terminal de ómnibus, la del restaurante Pan y Vino, lugar de encuentros y despedidas.
Plaza Rodó: la de nuestra historia, la de los árboles añosos, la de flores y pájaros, la de la poesía, la del profundo humanismo.
Aquellos que tienen la fuerza de su fé, nos dan la esperanza de que las almas de las personas cuando dejan esta vida van a un lugar mucho mejor, lleno de paz y de luz.
Pero las plazas- me pregunto yo- ¿a dónde van las almas de las plazas cuando ya no están?
