¿QUIÉNES SOMOS?

Debo volar

por | 3 Jun, 2026

…Pájaro enfermo, sueña que vuela dormido

Buscando en el cielo un sentido…(“Quemaras”, Wos)

Un día fui feliz, pero mí extrema libertad y las ganas de devorarme el mundo me tiraron en una celda, con la mirada perdida en una superficie gris. Los días comenzaron a interesarme en una cama añeja de un hospital segundos después de recibir la polémica noticia, desde ese día ya pasaron cinco años, tres meses, cuatro días y el tiempo como buen villano no se detiene. Siempre fui consciente de mi responsabilidad, pero no estoy de acuerdo con el castigo, la cama es una cárcel impredecible para un ser inquieto como Yo.

Con las primeras plumas sentí una brisa rozar mi rostro y cuando pude volar me volví adicto a esa sensación de libertad que me generaba el aire fresco en el rostro. Volar resultó ser el principio del fin de mi felicidad, nunca me detuve a pensar en los riesgos que implica cada aleteo, para mí se convirtió en una oportunidad indescriptible. 

En esos tiempos hice a un lado las reglas de la naturaleza, nunca me interesó tener un nido, para mí era más cómodo usar los nidos ajenos, visité nidos de alta gama y hasta pequeños entramados de ramas y pastos secos. Las clases sociales nunca fueron para mí un problema, tuve la oportunidad de comer exquisitas selecciones de semillas y migas de pan debajo de un banco de una plaza. Hace cinco años que estoy prisionero en el peor de los nidos posibles, una maraña de recuerdos en una soledad infranqueable.

Mis hermosas plumas que un día fueron la envidia de muchos, sufren la presión de mi cuerpo y cada tanto se rinden y abandonan mi cuerpo. Por las noches en la prisión de mi mente me escapo en silencio aleteando hacia aquellos días en que me sentía el ser más digno de la existencia, pero los barrotes de la realidad me devuelven la posición del castigo. Cinco años pueden parecer tiempo suficiente para aceptar la realidad, pero yo no he podido hacer rayas en la pared para canalizar mi espacio como un acto de rebeldía, como parte de mi negación he mantenido inmaculada mi celda.

Una noche las brillantes plumas negras de un ejemplar hipnótico derrumbaron mi coraza y varios amaneceres me sorprendieron en su nido. Mirando la superficie gris de mi celda no dejo de imaginar cómo sería mi vida si no hubiese caído en su trampa. 

Yo fui feliz hasta el día que perdí la razón surcando los cielos con la esperanza de dar con el brillo oscuro de su cuerpo, pero el daño ya estaba hecho, nunca pude descifrar si se trató de un acto de amor o una acción desesperada injustificada como tantas otras. 

Me convertí en un ser vacío perdido en los recuerdos de aquellos días. Mi belleza quedó en un segundo plano detrás de una lujuria desenfrenada. Cuando mis alas cayeron en desgracia busqué en mis recuerdos algún culpable, pero todo había sido mi responsabilidad.

Ya no siento rencor, pero aún no logro perdonarme. Un día en la soledad de mi celda asumí que el problema había sido mi ignorancia de la vida. Una gran verdad se reveló, nadie me había enseñado a volar, es más yo dejé mi nido en un acto de rebeldía y juré no regresar al menos no en estas condiciones.

Cuando asumí la nueva realidad lo hice en silencio con la cabeza gacha cubierto por un manto de resignación. Algunas voces trataron de aplacar mí desolación con palabras esperanzadoras, pero no creo que las jaulas dobleguen la naturaleza de los seres que nacimos para sentir la brisa en el rostro.

Mi celda está llena de secretos y mi existencia es un laberinto de cosas que fueron o que pudieron ser. Las cosas más extrañas pueden resultar letales, pero me hubiese gustado perder la cordura, estar en otra celda, pero con la posibilidad de dar un aleteo. Mi cuerpo está dormido, pero Yo no dejo de ser un amasijo de mis sueños perdidos y los recuerdos de aquellos días en que podía volar.

 En el fin del mundo, en un rincón perdido del mapa tirado en una cama abro las alas de mi imaginación y vuelvo a sentir la brisa rozando mi rostro, miro a mi costado y veo las pastillas que me mantienen vivo, muchas veces pensé en romper la rutina, pero una fuerza incomprensible me hace cantar, como cantan los pájaros desde sus jaulas para hacer feliz a su dueño.