Adentro está cálido, el ambiente es ligero, mi cuerpo se relaja como tibio febrero. Busco sin encontrar algún ruido particular, pero lo único que escucho son pájaros cantar. En el silencio y la tranquilidad mis pensamientos se ordenan, cada uno en su lugar. Mi único compañero es el fogón que arde sin cesar y un gato compañero, tranquilo, se hace amar. Miro hacia afuera encontrando un gran monte sin poder ver su comienzo ni su final, lleno de secretos, entre serranías y ríos que fluyen sin parar. La niebla de la mañana no me deja observar el cerro que habita frente a un río muy peculiar. Mi felicidad es constante en este lugar. Dejo de escribir porque mi paz es más fuerte que la realidad y diciendo: “gracias Villa Serrana” por tu regalo tan original: la tranquilidad.
