Era un día muy caluroso de verano, como suelen ser casi siempre, y más aún en enero.
Domingo ensilló temprano la rosilla. Salió del pueblo previendo que a media mañana ya debía estar volviendo si no aparecía nada fuera de lo normal. Su atención principal era la majada, había visto en recorridas pasadas que la mosca estaba brava. Ese día iba a encontrar alguna oveja o cordero con dificultad para caminar.
–¡Vamos Tupá! Hoy seguramente habrá que curar alguna lanuda abichada… ¡es una fija!
La respuesta de perro fue unos ladridos cortos moviendo la cola y saltando frente a la yegua ensillada.
Recorrieron unos tres quilómetros para entrar al campo por un camino polvoriento, de tierra rojiza que la brisa caliente de enero levantaba tiñendo todo de ese color.
Domingo se bajó en la portera, abrió y subió nuevamente la yegua que ya mostraba sudor en la tabla del pescuezo. Movió las riendas dirigiendo al animal para donde se encontraba la majada.
Tupá ya sabía lo que había que hacer. Se apartó del trillo y se dirigió hacia la cuchilla del campo donde estaban la mayoría de las ovejas. Cuando estuvo cerca del grupo de animales se paró y miró a su amo esperando la orden.
–¡Hay que agarrar la renga! -dijo Domingo.
El perro corrió, apartó una oveja que corría en tres patas por la bichera, la tomó con su boca de una oreja haciéndola perder el equilibrio y la acostó apoyando su parte delantera sobre el pescuezo del animal.
Domingo llegó al galopito, desmontó, descolgó del recado las cañas de botas de cuero con los remedios y le dio la orden a Tupá:
–¡Largue nomás que ya la curo!
