Miles de andamios están sosteniendo algo que están construyendo allá arriba. No sé qué construyen pero no es para nosotros.
Aquí abajo, dónde antes había sol ahora hay oscuridad bajo una masa enorme de concreto sólido.
Este lugar no volverá a ver el sol.
Oscuridad, humedad y un cielo de concreto. Un cielo no. Un techo de concreto.
¿Qué sucede allá arriba? ¿Qué sucederá? No lo sabemos. Y no lo sabremos. No estamos invitados ni siquiera a ir como visitantes.
Antes yo pasaba por aquí en dos minutos. Ahora es un bosque de caños de hierro de los andamios que sostienen el cielo de concreto.
¿Los pájaros vuelan en este bosque?
Sí, algunos pájaros, desprovistos de árboles cercanos, adoptan este ferrugiento bosque como hogar. Y esquivan barras metálicas como si de ramas se tratara.
Los pájaros más inteligentes ponen sus huevos directamente en el suelo. Otros, con un esfuerzo futurista crean nidos con nuevos materiales como bolsas de plástico, tapitas de botellas y, en el mejor de los casos, algún trozo de papel.
Antes yo pasaba por aquí en dos minutos. Miraba por la ventanilla del ómnibus, con los auriculares puestos, disfrutando de enérgicas melodías o programas de radio en vivo. Recuerdo, en uno de esos viajes, haber reflexionado sobre lo valioso que era ese preciso instante: poder escuchar la música que me gustaba, con el sol derramándose sobre mi cabello, sobre mi rostro rostro y cuello, cerrando los ojos y dejándome llevar por una sensación tan placentera que difícilmente una droga pudiera igualar.
Pero ahora están los andamios. Miles. Miles y miles de andamios que sostienen esa nueva modalidad de distribuir las ciudades. Lo que veo desde la ventanilla es como si se tratara de un cañaveral metálico que pasa a gran velocidad ante mis ojos.
Miles. Miles y miles de focos emitiendo esa luz artificial que hace doler la cabeza. La luz natural del sol no volverá a verse en este lugar.
Y los precios. Recién han comenzado las obras. Llevan un año y poco. Y ya la casas aquí abajo suelen tener el cartel en sus ventanas.
Los alquileres se desploman. No es para menos. Casas que pronto comenzarán a tener problemas de humedad imposibles de solucionar. Casa húmeda, familia enferma.
Y alquilar arriba es imposible. Ni viviendo de a cuatro y todos con un sueldo extra podríamos costear un alquiler allá arriba más los gastos comunes, alimentación, etc.
No me imagino cómo será arriba. Cómo harán. ¿Será como era antes acá abajo? Me refiero a si habrá pasto natural, árboles, pájaros y nidos hechos con ramitas. ¿Habrá ríos? ¿Se podrá pescar?
Ni siquiera me imagino quiénes van a vivir allá. ¿Quiénes pueden costear esos precios, esos alquileres, esa alimentación, esa salud, esa educación, ese transporte? La verdad que no entiendo. O no conozco. Y no voy a conocer.
Hace poco pasé por aquí caminando. Fue en uno de mis peores meses. No me daba para pagar el transporte el mes entero. Tenía que elegir… qué días ir a trabajar en ómnibus y qué días ir haciendo dedo. Siempre que me sucede esto, intento empezar el mes haciendo dedo y guardarme los días de ómnibus para posibles días lluviosos y para los más fríos o húmedos.
En esos días salgo horas antes de casa para hacer dedo tranquilo y sin ansiedad. Si alguien me levanta enseguida, bueno, espero afuera del trabajo algunas horas. Mejor eso que llegar tarde o perder el pago extra de ese día.
En uno de esos días fue que cayó algo desde allá arriba. Justo levanté la mirada y vi un brillo que venía cayendo. Solo atiné a estirar el brazo y dejé que aquello se acomodara en la palma de mi mano (como alguien que se tira de un edificio y cae en la tela de los bomberos).
Lo observé un instante. Claramente era algo tecnológico. Pequeño. Una pequeña esfera con otra pequeña esfera. Algo así como un auricular.
Me lo coloqué en la oreja porque se escuchaba que estaba reproduciendo algo.
Inmediatamente sentí mi cuerpo relajarse, mi mente adquirió una claridad y una calma increíbles. Fui caminando hasta el trabajo y me quedé sentado, con las manos dentro del abrigo, pensando en algo, no sé bien qué, pero pensándolo bien, de forma definida, con una clarividencia excepcional.
De repente oí dentro de mi cabeza «Apagando Pop ips». Y la clarividencia comenzó a esfumarse poco a poco. Las manecilla de mi reloj pulsera me indicaron que era la hora de entrar al trabajo. Me saqué aquel extraño auricular de la oreja, lo metí al bolsillo del abrigo y me metí a trabajar las siguientes 12 horas.
