
La madre ya estaba despierta cuando él abrió la puerta. No levantó la vista. Siguió aprontando el pequeño mate. Afuera clareaba despacio y el viento de julio pegaba fuerte contras las chapas de la casucha.
—¿Otra vez? —preguntó, como si hablara con alguien invisible.
El gurí no respondió. Traía la campera toda embarrada como si se hubiera revolcado, una capucha metida que le tapaba hasta la cara y los ojos perdidos, como muertos, pero respirando.
Ella apretó los puños, para luego decir:
—Me falta la radio, la única que tengo.
¿Dónde la entregaste, en que boca?
Él se quedó quieto.
—También faltan los championes que te compre el mes pasado y la cajita con monedas que voy juntando por si acaso. No sé qué va a quedar para vender mañana. Capaz que un día me despierto y ya no encuentro ni esta pobre mesa.
El silencio fue largo. El muchacho miró sus manos. Tenía los dedos hinchados y las uñas negras de mugre.
—Necesito plata.
—Siempre necesitas plata, pero siempre es para lo mismo, maldita pasta base.
La mujer levantó por fin la cabeza. No parecía enojada. Había algo más viejo que el enojo, algo que se parecía al dolor del alma.
—¿Sabés qué es lo que más miedo me da?
Él apenas negó con la cabeza.
—No es que me robes, por mi robáme todo, total que sentido tiene mi vida, para que mierda quiero cosas. Me da miedo que un día golpeen la puerta y sea la policía. O peor todavía: que no golpee nadie y tenga que salir a buscarte y te encuentre en alguna zanja tirado con un balazo en el pecho. Eso me da miedo.
El muchacho apretó los labios.
—Yo me cuido.
Ella soltó una sonrisa pequeña, como sin alegría.
—Eso dicen todos hasta que dejan de volver.
El agua de la caldera empezó a hervir. La madre la retiró del fuego y cebó un mate. Lo dejó frente a la silla vacía donde antes se sentaba el padre. Después lo corrió hacia el hijo.
—Tomá, como verás ni termo tenemos.
Él ni tocó el mate.
—Cuando eras chico —dijo ella— te escondías atrás del murito, porque pensabas que si no te veía, nadie podía verte. Ahora hacés lo mismo, pero te escondés en las sombras de la noche. Solo que ahora, es en serio.
El muchacho sintió que esas palabras dolían más que cualquier golpe recibido en la calle.
—No es tan fácil.
—Nunca dije que lo fuera.
—Lo fácil era cuando todavía me pedías permiso para salir.
Otra vez el silencio. En el patio un perro ladró sin ganas. El día empezaba a estirarse sobre los muritos del barrio.
—Anoche me siguieron.
La madre juntó las manos como para rezar y las llevó al mentón.
—¿Quiénes?
—Unos tipos. Querían que les pagara.
Ella cerró los ojos un instante.
—¿Ves? Te van a cagar a palo y te van a matar gurí de mierda. A mi me podés robar, pero a estos les debés y te pasan a degüello.
Él, bajó la cabeza.
—Tengo miedo.
La confesión quedó suspendida en la cocina entreverada con ese olor raro que traía a cuestas el muchacho.
La mujer se levantó despacio. Se acercó y le acomodó el cuello de la campera, como cuando lo aprontaba para ir a la escuela.
—Yo también tengo miedo.
No hubo abrazos. Ninguno de los dos parecía saber cómo acercarse al otro.
El mate se enfrió entre ellos.
Afuera el sol terminó de salir, pero dentro de la casa la mañana seguía pareciendo de madrugada. La madre volvió a sentarse a la mesa y trató de cebar otro mate mientras le temblaban las manos. El hijo permaneció inmóvil, mirando hacia abajo, como esperando encontrar en el piso una respuesta escrita por un dios medio olvidadizo.
Por primera vez en mucho tiempo, entendió que el peligro tiene un olor extraño y a veces entra en la casa en puntitas de pie, se sienta a la mesa y empieza a llevarse las cosas una a una.
Hasta que un día descubre que ya no quedan cosas para vender y entonces comienza a llevarse a las personas.
