Verte llegar me alegraba el instante.
Tu ausencia, en esos días en los que llegaba y no estabas, me empujaba al llanto nocturno.
Un cuarto compartido, dos camas, tu respiración me guiaba.
En ese silencio del descanso, a veces te despertaba, solo para sentir que ese miedo que me perturbaba, si despertaba sola, vos sabias acompañar el miedo a la oscuridad.
Amaneció…y el sol empieza a iluminar.
Una silla playera en medio del bosque, que vos misma cultivabas, por dentro y por fuera.
Sentada, rodeada de alegrías, me alzabas sin prisa.
Te abrazaba, me mimabas y contenías.
Un día de escape, como muchas tardes, de juegos entre otras cosas criaba hormigas, y ellas, traviesas, se alimentaron de tus plantas más queridas.
Dayana, decías, ¿qué tenías? Yo criaba cualquier bichito que conseguía., incluso un ratón que me perseguía, una noche lo cacé, sin razón.
El tiempo pasó y todo eso se volvió enorme. Hasta que un día la muerte de él llegó.
Me tomaste de la mano y me acompañaste a su entierro, el ratón partió.
Recuerdo salir de la escuela N° 2, escuela que fui por tres años, había días dónde mamá no podía ir a buscarme y atrás de un plátano, ahí estabas vos, esperando con ese amor de siempre. Caminábamos rápido, de la mano, la comida nos esperaba y la siesta no tenía opción. Después venia el culebrón, la novela del montón.
Sutil, exigente a veces, pero siempre guiada por la razón, me cuidaste, me guísate y me llenaste de amor.
Los domingos eran con Adolfo, padre que esperaba para cocinarme y encontrarme con grandes momentos. Ahí estaba Luis, mi hermano, cálido y empático, pero sí empezábamos a jugar las luchas terminaban mal.
Visitarte era un eterno recreo, me permitías hacer todo lo que yo quería, imagínate la aventura me abrazaba.
Me comprabas un kilo de bananas y yo salía al reparto con amigas que tenia en ese barrio.
Caía la tardecita, prendías tu moto, llegábamos, nos despedíamos con un beso, y al otro día se volvía al andar de lo rutinario.
El tiempo cambió y me mudé a un mundo mejor: ¿POR QUE MEJOR? La naturaleza me abrazo y el campo me recibió con los brazos abiertos, y con él, una escuela rural, la número 56. Allí me encontré con un abuelo, animales, un mundo de aprendizajes y una madre fiel al cambio.
Las mañanas eran de educación, mientras el bayo galopaba rumbo a un destino que me acercaba siempre a un mundo mejor.
Fueron años de progreso, de una niña que se iba descubriendo a sí misma en medio de sacrificios donde el valor nacía desde el pecho.
Las tardes de carneada dolían al escuchar balar, mientras el corral se llenaba de la majada y a una de ellas le tocaba el final. Antes del momento, me escondía en la despensa: lugar dónde se guardan alimentos a consumir en el tiempo, lloraba y duelaba un final.
“Mija, venga, hay que ayudar”. Y aunque no era opción habitual, allá iba yo, detrás de una carretilla y de un hombre con delantal.
El instante se volvía sangre y silencio, pero ahí estaba, firme, ayudando a la par. Fue un hecho que me marcó: la parrillada y la cazuela no son elección en un plato de preparación.
También hubo tardes bajo el tanjaríno, armando tortas de barro decoradas con uvas que caían y perritos escondidos bajo de las frazadas antes que mamá se acostara.
El amanecer me encontraba persiguiendo al bayo que había que agarrarlo y no era fácil alcanzarlo y la escuela me esperaba. Al galope y siempre a la par, una madre acompañaba sin cesar.
La vida es amplia de contar, pero resumo en líneas acotadas los instantes que la llenan de sentido y que busco destacar.
Niña activa en busca de indagar y buscar siempre en que ayudar.
Y así llegamos al final: dos almas que volaron a la eternidad.
El día llegó, esa muerte que presentía. Una mañana agitada, nunca la imaginé, pero ahí estabas, rendida, abuela querida, esperando mi mano. Llegué, te miré, abracé el instante, incliné mi cabeza y me entregué a tu partida. Fue el primer golpe fuerte: ya no estaban tus manos, tus abrazos, y solo quedaba el recuerdo entre paredes. Con el tiempo aprendí a convivir con la ausencia: el tiempo fue aliado, y la voluntad, mi refugio.
Mujer eterna en mí, siempre serás reflejo de superación y valor.
Linaje que abrazo con amor.
La segunda partida fue distinta: muerte lenta, dolorosa, inevitable. No había salida, no podíamos postergar tu partida por el egoísmo de querer tu corazón latir. Tres días intensos, abuelo querido, en los que nada quedaba por hacer. Desenchufaron tu cuerpo, y te despedí más despacio, con menos dolor, con la enseñanza grabada en el alma, sostuve tus manos durante tres días, acompañado por melodías que intentaban suavizar tu dolor.
Hoy, tu sombrero permanece en soledad en el ropero.
Tu radio descansa en la mesa de luz.
Y un par de cigarros aguardan en silencio a la espera de una caja que guarde las costumbres de tu andar.
