La roja reja ve que pasa quien posa, pese a tener una elevada ética como ático, desnuda ante entes tontos y siempre tantos. La chica choca con la puerta del burdel y parte al mundo en dos mandos:
Afuera el faro rompe la rambla con luz.
Adentro el calor color rojo raja los ojos, los rasga, y el tibio té con stevia estaba esperándola. El caliente cliente estaba esperándola. Algo de este la esmeraba. La falta de esto la desesperaba.
En Sergio surgió lo extraño. Cliente siempre calmo, hoy colma el vaso, bebe mucho el macho y la besa en el labio. Con labia la chica lo quita, lo juzga, lo ata, quieto, ¿juegan? Con su seductora imagen lo baña, desanuda la bata, la tira, la pisa en el piso, desnuda se bate. Con maña lo mima, lo apaña, lo mama. Y ya harta lo hurta. Y corre.
Corre y en sus ojos el viento. Sueña y en sus ojos un sueño: plantando ajo en la huerta, en combo mira el huerto, la cabaña, el campo, y la voz de su compa, llana, que desde dentro la llama. Bajo la parra llora el perro junto a una yara. Dentro, la voz ya no llora, ya no llama, ni grita, ni brama.
Como en un parto abre la puerta, no nace una vida, nace una viuda.
Grotesca, la parca la observa mientras el alma absorbe.
Absorta ante lo absurdo de la vida siempre adversa, ella corre, “campos dejo” dijo. Y se fue para siempre.
Desde entonces es esa chica: un fa en la melodía de aquel burdel bajo el faro, un mi tocado por los clientes, un sol que sale de noche… Y es ahora, en la tétrica melodía del burdel, un si. Es siempre un si.
