El teclado era una extensión fría y despiadada de su propia mano, una prótesis que ya no respondía a sus impulsos. Severino, alguna vez un orífice de la palabra, ahora se sentía como un herrero golpeando inútilmente un metal inutilizable. Las teclas, antes dóciles bajo sus dedos, ahora se resistían, como si supieran la vaciedad de lo que intentaba escribir.
Afuera, la ciudad palpitaba con un ritmo casi mecánico, un enjambre de pantallas y vehículos que taladraba sus sesos. Odiaba este nuevo mundo, esa disonancia de estímulos que prometían conexión, pero solo ofrecían aislamiento. Él, que había creído en el poder de la palabra escrita para trascender el espacio-tiempo, ahora se veía reducido a un espectador impotente de su propia obsolescencia.
Encendió un cigarro y aspiró profundamente, buscando en la nicotina un indicio de lucidez. El humo se elevó amorfo y gris ante sus ojos. Pensó en Nietzsche, en su proclama de la muerte de Dios. ¿A caso la tecnología no había ocupado ese lugar, prometiendo salvación?
Se levantó de la silla y caminó hacia la ventana. La ciudad allá abajo era un hormiguero gris, un laberinto de personas y sombras. ¿Cómo podría concebir ideas entre tanto ruido?
Tomó un sorbo de café amargo, el sabor le recordó a un viejo escritor italiano, a su furia iconoclasta, su rechazo a la mediocridad. ¿No había dicho que la verdad se encontraba en el silencio? Pero ¿Cómo encontrar la verdad en medio de una ciudad excesivamente acelerada?
Volvió al teclado, dispuesto a librar una última batalla. Tecleó unas cuantas palabras, frases sueltas, fragmentos de ideas inconclusas. Pero las palabras se negaban a encajar, a formar un todo congruente.
La frustración lo invadió como una marea gris. Sintió el impulso irracional de destruir el teclado, de hacerlo añicos contra la pared. Pero sabía que no serviría de nada.
Cerró los ojos y se imaginó como una partícula de polvo en medio de esta tormenta, respiró hondo y entendió que la inspiración se le había vuelto esquiva.
De repente, una idea cruzó su mente. Una idea oscura, perturbadora, pero irresistible. Ella lo liberaría de su tormento y le daría un final a la historia que no pudo comenzar a escribir.
El viento le azotó la cara al abrir la puerta de la azotea. La ciudad, a sus pies seguía su habitual trajinar, hasta que de repente una ola gigante arrasó con todo y todos los que se encontraban en las veredas y calles. Ese liquido de color oscuro, muy similar a la tinta con la que solía escribir en su juventud, había dejado las calles vacías.
Sonrió, parado sobre la cornisa del edificio. Una sonrisa amarga, irónica, pero al mismo tiempo liberadora.
Había encontrado su camino.
Había encontrado su verdad.
Había encontrado su final.
Había encontrado su muerte.
