Hacía mucho frío estábamos en una especie de ejército callejero, en el cuartel principal, la casa del Bicho Suárez, en la habitación ya no se podía ver por el humo del tabaco. Había poco diálogo, solo caras de tristezas, con la mirada nos decíamos las cosas, con gestos, expresiones, movimientos, no queríamos que nos escucharan.
Se empezaron a acabar las bebidas y provisiones, era necesario salir a la calle, a la selva, a la tierra de nadie, varios compañeros salieron, pero nunca más pudieron volver. Estaban todos armados, ya ni sabíamos quien tenía el poder, era una cuestión de vida o muerte cuando andabas en la calle todos te asaltaban, corrían, mataban.
Siempre salíamos en la noche, porque estaba muy oscuro, te podías camuflar, era cuando el caos parecía callar, pero estaban escondidos los más peligrosos depredadores. Llegó mi turo, tenía que salir a buscar tabaco, grapa y galleta; era lo que nos mantenía vivo.
Salir era una odisea, al cerrar la puerta, pisé la vereda y sentí como el mundo se venía abajo. El aire ya no era aire y el viento envenenado te salpicaba como aceite caliente. Caminé sigiloso por las sombras de los desechos que alguna vez fueron algo útil, escondiéndome de los rebeldes, de los maleantes, andaban todos armados y sabía que era un blanco fácil.
Llego a la tienda clandestina de beberaje, en la puerta un pibito te hace la movida, le doy la plata y cuando me entrega la mercadería, sentí una puñalada fría, que venía pasando la campera y se penetraba en la camiseta, sangrando quede, esa noche sabía que moría.
Me doy vuelta con cuidado y lo veo a él. Que alguna vez fue el vecino de toda la vida, que alguna vez jugamos a las escondidas, hoy ya no me reconocía. El fentanílo y las anfetas lo dejaron como un zombi perdido en la inconsciencia fría.
Me dice que lo lleve al cuartel donde me estaba escondiendo y me pone el corte en la cara. Caminamos hasta la puerta, cuando golpeo me doy vuelta le pego de revés y lo apuñalo con su misma navaja dejándolo tirado en la avenida.
Entro y ya sabía que iban a venir por mí, les cuento a mis compañeros los que paso y me encierran en un cuarto para protegerme. Pasan los días, yo no salía, perdí comunicación con los compañeros, ya no leía, ya no escribía, llegue a dormir debajo de la cama.
Decidí salir a ver qué pasaba, abro la puerta, ya no era la misma casa, estaba todo dado vuelta, las paredes se caían, parecía que habían pasado años. Quedo en la calle, viviendo en la plaza, siempre en la cabeza la venganza.
