Los ojos fijos y amarillos de las gallinas le dijeron que algo no estaba bien. Sus cuellos rectos, con las plumas de la nuca paradas indicaba que algo o alguien andaba cerca. Dejó el mate a los pies del pequeño banco y salió al resplandor mortal de un enero a media mañana. Los perros levantaron las cabezas y volvieron a apoyarlas dando un suspiro hondo sobre el piso de portland, que estaba manchado por el sudor de sus costillas. Era una mujer. – Estoy buscando a una señora que vende huevos. Me dijeron que vive aquí. – Vivía… se murió el viernes. – Ah… y usted no vende huevos? – No. Las gallinas andan como bobas, nerviosas y tristes. A mi, no me gustan las gallinas, por mi se pueden morir, que no pienso darles de comer y menos juntarle las mierdas a esos bichos jediondos. – Y los huevos?… – Han de estar ahí adentro, entre y saque… – ¿Y a cuanto me los vende? – No vendo… – Entonces… – Entre y junte, si quiere alguna también se la puede llevar. Si no es chumbarle los perros y se termina todo en un rato. Nerviosa entró al gallinero que tenia el piso limpio, con la firmeza que le dan las pisadas y las sucesivas barridas a la tierra pero con los comederos y bebederos vacíos. El hombre sentado desde la sombra la veía mientras tomaba mate. Juntó en la bolsa de nylon gruesa de supermercado mientras iba contando. – Junté 23… dejé a una que me parece que esta clueca, se hinchó cuando me acerqué. – Bueno… – ¿Y que le pasó a la señora? – Se murió… – ¿Y de que…? – Y no sé. Se murió no más … – ¿Usted necesita algo? – No… Ella incómoda no supo mas que hablar, miró el suelo y salió calle arriba esquivando gallinas que se acercaban curiosas a sus sandalias. Se perdió en la altura de la calle y los perros lejanos marcaban su distancia. – 23! viste que es como digo yo nomás… ni pa dos docenas dan estas bichas. Hasta muerta tenes ganas de pelear mujer!
