¿QUIÉNES SOMOS?

El Globo de Aire

por | 20 May, 2026

Todo fue muy raro. Loco me llaman. Nunca tuve amigos, nada, y lo único que recuerdo es aquel maldito agujero. Mis pobres pensamientos vagan por aquellas sombras de aquel atormentado pasado. Maldigo a mis padres; todo el tiempo me dejaban solo. ¿Y qué era de mí? Solo era un niño. No tenía idea de qué había detrás de la oscuridad, y hoy que entiendo un poco más, comprendo mejor las cosas.

Seis años tenía cuando todo empezó. Fue un día, mientras yo estaba en el agujero, apenas pude ver por un hueco que en el sillón se encontraban papá y mamá. Ese día estaban sentados como de costumbre en ese detestable sillón; papá le frotaba suave la panza a mamá y ella sonreía.

No entendía por qué, pero me empecé a asustar. Aun así, papá continuaba.

¡Pobre mi madre, tenía en su panza un pequeño globo de aire!

Yo, como loco, trataba de salvarla. No podía; no había salida en el agujero. Solo estuve un mes sin verlos, y una vez que logré verlos por fin, veo a mi madre que estaba por morir. ¡Ella iba a explotar!

Ese día quedé desesperado; no pude hacer nada. Cada vez que mamá me tiraba la comida en el pozo, yo trataba de advertirle: «¡Te vas a morir, mamá!». Ella nunca respondía, solo se iba.

Luego de haber transcurrido un periodo —no lo sé, tres o cuatro meses, yo no tenía noción del tiempo—, observé nuevamente a mamá en el mismo sillón, papá al lado de ella. Los dos felices y sonriendo. Otra vez vi la panza de mamá. Arranqué a golpear todo adentro del agujero; papá se enfureció y me golpeó con un palo, me gritaba: «¡Cállate, bestia! ¡Cállate, animal!».

No importaba lo que él dijera, mamá iba a explotar. Aquel globo de aire estaba más grande y ella se veía muy feliz.

Recuerdo que una vez, revolviendo el hueco, encontré una aguja. Tuve una idea excelente: solo debía esperar a que ellos no estuvieran, lograr escaparme del hueco y, cuando viniera, pincharle ese maldito globo, ese globo que le iba a costar la vida. Lo triste es que nunca pude escaparme; ningún plan llegó a su objetivo.

Pero una tarde, el día en que mamá iba a explotar —me daba cuenta porque se desesperaba; papá le decía: «Respira hondo, respira hondo»—, él no se daba cuenta de que había que pincharlo. Ese mismo día, papá y mamá salieron de casa. Me dejaron solo; no tenía ni tan siquiera mi comida, pero igual no se acordaron de la bestia.

Cuando aparecieron, habían pasado cuarenta y ocho horas, más o menos. ¡Malditos eran ellos! Y mamá ya no tenía el globo de aire. Se veía feliz y él sonreía. Solo pensar que apenas se acordaron de tirarme mi comida me provocaba odio.

Mamá cargaba en sus brazos un pequeño muñeco llorón. Todo el tiempo con él; no hacía más que llorar. ¿Por qué a mí no me daban un muñeco? Ellos sí podían jugar; yo no tenía derecho a nada.

Ellos comenzaron a traer gente a casa, empezaron a hacer fiestas. Cada vez que organizaban una fiesta, me tapaban la boca y me decían que no intentara nada.

Hasta que llegó ese día de mañana. Mamá cargaba al muñeco, papá hablaba con una señora. Logré escuchar de ella:

—Por suerte no fue como el primero; este llegó a nacer.

Yo en aquel momento no entendí lo que quiso decir. Después de veinte años me doy cuenta: mis padres me habían ocultado. ¿Por qué hicieron esa brutal locura? Lo triste es que todo tomó sentido.

Fue la primera vez que escapé del agujero. Entré a un cuarto grande donde se hallaba toda la ropa de mi padre. En ese momento fue que vi al fantasma en un espejo. Observé y él se reflejaba. Me di vuelta, salí corriendo; él no estaba, pero igual recuerdo aquella imagen del monstruo que vivía en la casa. Era pequeño, sus ojos uno más grande que el otro, su boca torcida y su nariz desparramada, pies hundidos hacia adentro y sus pequeñas manos, una con más dedos que otra. Lo horrible eran los bultos que tenía en su cara; eran como garrapatas gigantes prendidas de su rostro.

Después de haber visto al monstruo, corrí al agujero y aguardé en silencio por un tiempo.

Mamá y papá llegaron; se dieron cuenta de que yo había escapado. Él bajó y empezó a golpearme, no paraba. Mamá le gritaba: «¡Pará ya, pará!». Y él paró, pero ese maldito muñeco fue el culpable. De no haber sido por él, nada habría pasado.

Otro día, mamá y papá organizaron una fiesta. Papá se olvidó de atarme; ese fue el día que cambió mi vida. Mamá conversaba, papá hacía lo mismo. Pude escaparme del hueco y dirigirme al cuarto. ¡Por fin podía tenerlo! Pobre muñeco, estaba solo, nadie lo protegía. Solo tenía que deshacerme de él; así, papá y mamá tal vez se acordarían un poco más de mí. Solo el pensar que ya ni la comida me tiraban me enfureció.

Entonces agarré al muñeco y lo tiré por la ventana. Hasta lindo se veía con aquel color rojo.

Una señora gritó desesperada; todos se dieron cuenta de que el muñeco estaba en el suelo afuera. Papá lo cargó en sus brazos, lleno de lágrimas; mamá tendida en el suelo, sin palabras. Hasta que un niño gritó: «¡Lo tiraron de allí arriba! ¡Hay un monstruo, lo vi!».

Todos se dirigieron al cuarto; entre ellos estaba papá. Y yo, que apenas pude arrinconarme, quedé callado con tanto susto de aquellos extraños. Por fin, papá me iba a querer. Pero nunca lo hizo; me golpeó hasta casi matarme. Los extraños lo sacaron como pudieron. Luego llegaron las personas que se encargan de los que hacen mal y me llevaron.

Acá estoy, encerrado en este sitio donde todos se visten de blanco. Somos ángeles castigados. Creo que yo nunca habría tocado al muñeco, pero igual, al final de todo, no fue culpa mía. La culpa la tuvo aquel maldito globo de aire.