¿QUIÉNES SOMOS?

La bolsa de lana

por | 30 Sep, 2026

Un viernes bien fresquito de principios de setiembre Samuel se levantó pensando cómo hacerse de unos pesos para pagar la cuenta del boliche y levantar un surtido. Era menguante y tenía que ir al bañado a cortar paja. El rancho se llovía y no podía esperar más.

Don Samuel era un hombre alto, grande y con una musculatura que dejaba entrever que había pasado su vida trabajando. De pelo negro enrulado y de cejas bien visibles que marcaban una línea casi continua sobre los ojos. Tenía cincuenta y cinco años, aparentaba algo más. La vida de duro trabajo y mucho tiempo a la intemperie habían dejado su piel arrugada y cierta curvatura en la espalda.

A media mañana y luego de tomar unos cuantos mates se cambió la ropa, peinó sus rulos y salió a paso firme rumbo al centro del pueblo.

Mientras caminaba pensaba: no creo que me deje de a pie, es una persona muy servicial y sabe que le voy a devolver la plata.

Sus ideas se referían a don Nebio, hombre muy solidario, tenía una barraca, la más importante de la zona.

Entró al comercio, el dueño estaba solo sentado en un banco del lado del mostrador donde se ubican los clientes.

—Buen día don Nebio, ¿cómo anda?

—Buen día Samuel, ¿bien y vos?

—Mire, vengo a pedirle un adelanto de la lana.

Nebio lo miró, quedó serio, no necesitaba pensar mucho para darse cuenta que Samuel, que no tenía lanares, estaba pidiéndole plata lisa y llanamente.

— ¿Cuánta lana tenés?, así calculamos el adelanto.

—Una bolsa respondió sin dudar. El lunes temprano se la dejo en la puerta de la barraca.

Nebio fue para el escritorio, invitó a Samuel a entrar y sentarse. Abrió la caja fuerte y retiró trescientos pesos.

— ¿Está bien así? Hacemos un recibo, me lo firmás y queda el adelanto de la lana pronto.

—Muchas gracias don Nebio, el lunes traigo la bolsa y después usted me hace la liquidación.

Pasó el fin de semana, el lunes temprano, como siempre, Nebio salió de su casa y se dirigió al comercio con la llave en la mano para abrir la puerta. Miró hacia abajo porque algo le llamó la atención, había una bolsita de arroz llena de lana y con una sonrisa en su boca pensó:

Samuel cumplió con la palabra, dejó lo prometido…