Corría el año 2026 y el activista había llegado con voluntad, creyendo que “dar una mano” significaba alcanzar arenisca, barro u hormigón mientras sonreía para alguna foto o video.
Esa misma noche llegó a la casa de quienes lo hospedarían. Un hombre lo esperaba en la puerta, con mirada nerviosa y signos de preocupación. Al verlo, lo invitó a pasar rápidamente y le indicó que, si gustaba, podía sentarse (en el suelo, como todos). El activista se sentó, mirando a su alrededor. En esa misma habitación se encontraban dos mujeres, tres niños y otro hombre, aparte de quien lo había esperado. El polvo flotaba, inevitable, en el recinto, pero eso no le molestó.
Lo que más le preocupó fue darse cuenta de que la sala estaba alumbrada con una vela consumida ya más de la mitad. Fue inevitable recordar que su celular casi no tenía batería, lo cual era de vital importancia… o eso creía.
A media luz, uno de los hombres le ofreció un tazón de Ful, al igual que a los demás en la habitación. Le explicó que era un plato tradicional de la zona, muy común en el desayuno, pero ahora convertido en comida para cualquier hora del día (si tenían la dicha de tenerla). Agradecido, el activista tomó el tazón con ambas manos, justo cuando los dos hombres corrían a asegurar puertas y ventanas. Una de las mujeres apagó la vela de un soplido y el silencio se apoderó del lugar.
“¿Qué sucede? susurró el activista”.
“Hay caminantes afuera” respondió uno de los hombres.
“Son soldados israelíes. Entran en las casas y hacen lo que les da la gana. Generalmente se llevan a las mujeres y a los niños. Nosotros correríamos con más suerte y moriríamos aquí mismo” agregó el otro hombre.
Las calles se sumieron en un silencio roto solo por el golpeteo de las botas militares. El activista sintió el estómago cerrarse y dejó el tazón en el suelo. El caminar de los soldados se aproximaba y un frío le recorrió el cuerpo.
“Esta es la sensación de miedo a la muerte de la que tanto he leído”, pensó.
“Coman tranquilos” dijo uno de sus anfitriones.
“Ya no tengo hambre” contestó el activista.
Uno de los hombres se acercó y le dijo al oído: “Si no podemos fingir que comemos un tazón de Ful mientras conversamos, para que los niños se alimenten sin miedo, la guerra ya la perdimos”.
Los pasos de los militares se alejaron. Volvieron a encender la vela y, cuando miró su tazón, estaba vacío. Ahí fue cuando lo entendió. Tomó su cuchara y fingió comer mientras conversaban. Los niños sí comían, los tres juntos, en un rincón.
“Quizás mañana sí podamos comer” dijo uno de los hombres en voz baja, para que los niños no escucharan.
“Tal vez mañana, cuando salga el sol, todo será mejor.
