El invierno empuja, atraca. Me calzo la gorra en la cabeza cuidando de tapar bien las orejas por el frío que siento y subo el primer escalón de la plaza. Entro, miro.
Algunos colores del entorno le ponen el pecho al frío, lo aguantan y me abren camino.
Aunque el sol ilumina un poco el centro del lugar, el suelo y el cielo intentan aplastarme la cabeza y las manos con esta última helada de hoy. Los caminitos de la plaza son todos iguales, el mismo ancho, el mismo largo y una forma redonda de doblar hacia el centro, de llevarme hacia la pérgola, como la curva de un taco de reina…
