Rumbeaba hacia lo incierto,
allá donde el miedo y la curiosidad
se daban la mano.
Cada llegada era una puerta abierta,
un mundo esperando mi nombre,
un camino dispuesto a enseñarme
que las costumbres también nacen.
Un salón, trece niños.
una maestra de pasos firmes
y un reloj que parecía latir igual para todos.
El almuerzo anunciaba la pausa,
y entre cucharas, risas y conversaciones,
la mazamorra encontraba su lugar
en la memoria de los días felices, entre tantas cosas.
Después llegaban los beneficios anuales,
esa fiesta que unía manos y corazones.
Madres, padres, vecinos…
todos empujando el mismo trabajo y su tiempo,
entre ollas, ventas, carreras,
voces que llenaban el patio
de una alegría imposible de olvidar.
Llegaba la noche y empezaba a sonar la banda del momento
y el tiempo se volvía liviano.
Todo parecía marchar, se veían rostros disfrutando
un momento que se deseaba tener, como si la felicidad de ese
instante tuviera música y se bailaba en ese salón de clases.
Entonces aparecían los primos, algún amigo más y los juegos
se estiraban hasta que la noche nos vencía.
Dormíamos sobre algún banco, vencidos por el cansancio
y por la certeza de haber vivido un gran día.
Hasta que una voz, siempre la misma,
rompia ese sueño con ternura.
“Despierten nos vamos”
Y sin saberlo, cada despedida sembraba otro recuerdo,
uno de esos que el tiempo no borra, porque hay escuelas
que nunca se abandonan, siguen viviendo para siempre,
en el corazón de quienes crecimos como una
parte de nuestra historia en ella.
Gracias Escuela Rural por brindar aquello que hoy desearía volver a vivir.
ESCUELA 56, RUTA 100
