Todos extrañamos algo
alguna vez
Una siesta resistida
Un perfume
Un deseo por vivir
La sopa aún humeante
Los besos a escondida
Las citas frustradas
El café sin azúcar
El afilador y su flauta
El cigarro después del sexo
Los croissant mañaneros
La cama destendida
La lista es larga
El tiempo es corto
Se largó a llover
Me subo al ómnibus
sin extrañeses
Deja caer
Tu cuerpo
Entero
Sobre los restos
De un espejo
Roto.
Déjate caer
Hasta encontrar
Tus sombras
Al final del túnel
Déjate caer
Hasta que
Te agote el cansancio
Te abrigue el silencio
Y la luz
Te sostenga
Me enamoré de la poesía
tardíamente.
Fue un amor a primera vista.
Con el freno de mano
dejé seducirme
con la incertidumbre
de los inseguros.
La descubrí frente
a un plato de sopa de letras
Harina y sémola ingresaron
en mi boca llena de imágenes
y metáforas.
La cuchara hizo lo suyo
entrelazar letras en palabras,
palabras en versos.
La sobremesa
dio para intimar, conocernos
y celebrar en el vino
de la abundancia.
La poesía tiene eso
enamora a los incrédulos.
El baladista lanzó su balada
empujado por los colores
que cubrían los platos
del almuerzo.
Su voz se humedecía
en el bordó de la remolacha,
los agudos se planchaban
en el naranja de la zanahoria,
los verdes de las hojas
le daban tranquilidad
a la canción.
La frutas multicolores
inflaban a la orquesta
La voz quebró
los silencios en los
agridulces de notas
en dos tiempos.
A ritmo cansino
el baladista se embebió
en el rojo del tomate
dando por cerrada
la canción.
La libertad se vistió
de presidiaria,
se camufló
entre los presos,
sintió sus miedos,
sus culpas,
inventó sus pecados.
Se declaró inocente,
se arropó con sus miserias,
sus tristezas,
con los amores truncos,
con el frío de sus pies,
con el llanto que no salió.
aprendió de la humildad de
los sin libertad.
Pidió perdón por esconderse,
por abandonar a lo sin voz,
por su arrogancia,
por las causas
perdidas
en su nombre.
En su desnudes descubrió
su libertad
hasta ayer
desconocida
