Tremendo, ¿verdad?
La adolescencia es la etapa en la que los jóvenes tratan de saber quiénes son, por eso es la etapa de la rebeldía. El joven se busca, mira a sus pares, y trata de encajar en algún grupo. No siempre su elección es la mejor. Los padres deben acompañar mucho en esta etapa, acompañar sin castrar, caminar a su lado, guiar.
Todos sabemos que nuestros hijos deben volar, pero hasta los animales no humanos deben ser guiados mientras se desarrollan y crecen. ¿Cuántas veces nos maravillamos de la Naturaleza? ¡La Naturaleza es sabia!, solemos decir. Sin embargo, no le copiamos nada. Nos creemos superpoderosos, arremetemos contra ella, y hacemos todo al revés.
Nos manejamos con modas, adoptamos teorías que no se adaptan a nuestro entorno, nos han hecho creer que la libertad de nuestros hijos es permitirles hacer lo que quieran, que deben aprender a vivir solos. Se ha insistido en que niños y jóvenes tienen derechos que deben defender (y está muy bien), pero se olvidó explicarles que junto a cada derecho defendido, también hay una obligación a cumplir.
Por eso hoy, los animales humanos no guían a sus críos. Los han dejado solos, sin límites, sin valores, sin guías. Crecen y copian a gente desconocida, y están recorriendo caminos torcidos. Las redes sociales se han vuelto cianuro para los más vulnerables, que gritan de diferentes maneras, que los atiendan, que los escuchen, que les pongan límites. ¡Estos jóvenes están pidiendo ayuda!!!
Hoy son los «therian», pero si miramos hacia atrás, encontramos otros pedidos de ayuda, que tampoco fueron atendidos a tiempo.
Lamentablemente, lo único que logran es prensa, que la gente se burle, que los discriminen, que se aparten de ellos, y entonces el pozo en el que están, se hace cada vez más profundo.
Luego nos lamentamos y nos extrañamos de las estadísticas que nos muestran esos «números» «in crescendo», de adolescentes con graves problemas de salud mental. ¡Y no son números!!! Son jóvenes, son nuestros jóvenes, a los que les ha tocado «en suerte», sobrevivir en esta sociedad que los ha dejado solos.
Hoy es más fácil cuestionar la actitud de los jóvenes, reír de sus «payasadas», preguntar: ¿Por qué hacen esto?
Creo que llegó el momento de mirarnos a nosotros, como jefes de familia, como sociedad, y preguntarnos:
¿Qué estamos haciendo para que nuestra muchachada se manifieste de esta manera?
O mejor aún:
¿Qué fue lo que dejamos de hacer, que ha vuelto tan infelices a nuestros jóvenes?
