En mi almohada tengo dos intrusos, me la coparon; yo diría, se la apropiaron. Es cosa de no creer. Cuando apoyo la cabeza a descansar, empiezan con sus conversatorios. Quién es quién, y qué beneficios le atribuyen al huésped. Hablan de metas, objetivos y principios; hablan de precios y de perspectivas. Hablan, hablan y hablan. Hay momentos que las escucho. Tienen debates serios; por momentos se ponen de acuerdo, pero yo diría que son la antítesis. ¡Son terribles! En el día se alternan para dejarme mensajes al oído, pero a la noche empieza el pie de guerra. Hablan tanto que no me dejan dormir. El otro día, el rifirrafe comenzó bastante temprano y duró hasta que el crepúsculo le dio entrada al alba. Largas horas de citas y fundamentos para demostrar sus juicios y, por sobre todo, quién es el artífice de los caminos andados, quién lleva las riendas en las decisiones del cliente, el costo-beneficio. Al principio era divertido, como toda cosa nueva. Pero hoy son destructivos. ¡No puedo estar 24 horas escuchando sus discursos! Necesito descansar. Tengo una rutina cada despertar, pero el problema está siendo ese: que no me despierto. Yo he sido muy benévolo. Una me ha regido durante mucho tiempo, o eso pensé. Me era más simpática, tenía mejores garabatos de vida, me daba sensaciones extraordinarias, y a la otra prefería no escucharla. ¡Ya no aguanto más! Estoy hasta las orejas de escuchar lo mismo: libre albedrío, responsabilidad, límites, cielo e infierno. Por momentos están tan de acuerdo que ellos mismos pisan sus discursos; se ponen de acuerdo y me hacen creer que son la misma cosa. Suele pasar porque su modus operandi es casi un calco; ejecutan sus procesos de la misma forma, pero acuden que sus objetivos son diferentes. La realidad es que me confunden hasta a mí, que soy juez y parte de la contienda; en definitiva, están en mi almohada. No crean que estoy loco, pero he tratado de interactuar con estos, mis intrusos. Me hacen preguntas y me dan tiempo a la reflexión. Son astutos; uno se camufla en el otro y, por momentos, no identifico cuál es cuál. Y así es: cada vez que apoyo la cabeza en la almohada aparecen por arte de magia. Y con el correr de los días, mis días, sus decibeles aumentan, se imponen, se gritan y me dejan la duda. ¿A mí? ¿A mí? Que los escucho. Y así van mis noches, entre tertulias y dormiteos, así de oscilantes, así de caóticas. Así vivo, ¡pero aún sueño!
