“…Maestro de todos los días,/con ganas o sin ganas, con calor o con frío,
con sol o con luna, con luces o con sombras/campeón sin horario ni tiempo fijo,
maestro total, a toda hora…”
Fernán Silva Valdés
Empezaba la década del 80, promisoria en lo nacional y muy significativa para mí en lo personal y laboral: había formado mi hogar, había tenido mi primer hijo y había logrado la efectividad como maestra en la escuela de un pueblo cercano a Durazno.
A dicha escuela viajaba a diario en una conocida empresa de transporte, afianzada en todo el país en aquellos años.
Trabajar en ese lugar me daba además de la tranquilidad de estar todos los días en mi casa, la comodidad de viajar casi siempre sentada, que en aquellas madrugadas nos permitía alguna ” cabezadita” antes de llegar a destino.
Eso sí, debíamos esperar para subir. Algún guarda de aquella afamada empresa, vociferaba: ”¡- primero la gente, después los maestros!“
Quizás porque a esa hora no estábamos del todo despiertos, nunca escuché a nadie, incluída yo, contestar al gratuito agravio.
En esa época los docentes nos pagábamos el pasaje, ¡sí señor! de nuestro menguado peculio.
Apenas cobrado el sueldo íbamos a que un ”corredor”, por una moderada cantidad, nos gestionara los abonos en la Agencia de Montevideo.
El estar en casa todos los días valía aquel sacrificio.
Pero lo bueno no dura para siempre y un día cundió el rumor de que aquella empresa de transporte de pasajeros llegaba a su fin. Lo cierto fue que las unidades dejaron de llegar puntuales, luego venían con averías que había que reparar, hasta que al fin se terminó definitivamente.
Nos quedamos compuestos y a pie con dos opciones: renunciar o “hacer dedo”.
Como no era época de arriesgar trabajos, optamos por lo último.
Todas las madrugadas nos juntábamos en un rincón de la ruta, con nuestras túnicas blancas y dependíamos de la solidaridad de los choferes que pasaban, para llegar en hora al trabajo. Fueron tiempos difíciles en esa situación, pero resistimos y los gurises nunca quedaron sin clase.
El regreso era más tranquilo: caminábamos el quilómetro y medio que separaba el pueblo de la ruta y allí esperábamos con todos nuestros pertrechos hasta que algún alma bondadosa nos llevaba, en grupitos de dos o tres.
Un día de esos, de cielo despejado y sol radiante, mientras esperábamos, vimos aparecer un vehículo que avanzaba cansinamente por la carretera.
Era un desvencijado camión de verduras, cuyo chofer, conocido vecino de Durazno, regresaba de dejar su mercadería en una ciudad cercana.
Muy amablemente se detuvo y para nuestra alegría aceptó llevarnos a todos. Dos privilegiados en la cabina y los demás atrás, en la caja.
De a poco, con dificultad, fueron subiendo, cada uno con su equipaje a cuestas.
Yo quedé para el final y cuando iba a hacerlo, vi que el camión se comenzaba a mover para irse, sin mí.
El desconcierto fue grande. Los compañeros que estaban todos arriba, golpeaban la cabina y gritaban al conductor para que parara. No había caso, aquel hombre no oía.
En fracciones de segundos reaccioné y me puse a correr ”como alma que lleva el diablo” con mi portafolios en una mano y un rollo de cartulina en la otra, agitándola enérgicamente.
No sé cómo, pero logré ponerme a la altura de la cabina, ante el asombro de la compañera que me vio.
Finalmente el camión paró y logré subir. Ese día, las carcajadas nos acompañaron todo el camino de regreso y varios días después. Vuelvo hoy a reír cuando lo recuerdo.
Gajes del oficio… “lindo haberlo vivido…”
