Hoy desperté temprano,
me desperecé y lo sentí.
Sí, sentí al tiempo instalado en mis huesos,
en mi sangre, en mi corazón,
en mi piel.
También lo sentí en mi mente…
Fue una sensación extraña y placentera
porque, a diferencia de lo que creen,
¡me sentí plena!
Porque los huesos son mi sostén,
mi sangre, bombeada con la fuerza
de mi corazón ardiente,
recorre cada rincón de mí,
dándome la energía necesaria
para renacer cada día.
Y mi piel…
Mi piel es el receptáculo
de las más bellas sensaciones
que la vida me regala a diario.
La mente, aunque fría y calculadora,
me susurró:
-¡Hoy despertaste más sabia!
¡Y sí que lo sentí!
Hoy, siempre es hoy,
sentí la sabiduría que habita en mí.
Porque ya no miro el reloj,
porque el tiempo forma parte de mí,
porque soy la que desbarato a la muerte
y al mismísimo tiempo.
Y siempre le carcajeo a la vida
y al amor…
Y aunque a veces
mis ojos se inundan con agua salada
que empapa, no solo mi piel,
sino también mi alma,
siento que me gusta
porque la sal y su sutil picor,
se encargan de barrer
con todo aquello que me intenta detener.
Hoy, siempre es hoy,
doy mis primeros pasos
de frente a la vida,
desbaratando a la muerte
y al mismísimo tiempo.
Tengo el sostén necesario,
la energía en mi sangre,
las sensaciones en mi piel.
El tiempo es mi amigo…
Con él camino sin temor,
lloro para limpiar,
río para vivir
y vibro al amar.
